Feria Modelo y Empanadas, Fin de Semana Perfecto
Los sábados, entre las diez de la mañana y la una de la tarde, había una actividad que para muchas familias de Antofagasta era prácticamente obligatoria: ir a la Feria Modelo.
Era imposible recorrer sus pasillos sin encontrarse con alguien conocido. Uno salía con la misión de comprar frutas, verduras o algunas cosas para la semana y terminaba conversando con medio mundo. Ahí estaban los vecinos, los compañeros de colegio, antiguos colegas de trabajo, familiares lejanos y personas que uno no había visto en años.
La feria era mucho más que un lugar para abastecer la despensa. Era uno de los pocos espacios donde la ciudad se encontraba consigo misma. Había conversaciones breves y otras que parecían eternas. Algunos aprovechaban para ponerse al día, otros resolvían diferencias pendientes y más de algún negocio nació en medio de un saludo improvisado entre dos personas que justo necesitaban encontrarse ese día.
Por eso siempre he pensado que la Feria Modelo era una plaza pública disfrazada de mercado.
Y aunque disfrutaba esos sábados, si soy completamente honesta, había algo que esperaba todavía más.
Los domingos.
Porque los domingos tenían destino.
Todo comenzaba con una fila. Una fila larga. De esas que hoy parecen difíciles de explicar. Nadie estaba obligado a hacerla. Nadie reclamaba por la espera. Nadie preguntaba cuánto faltaba. La gente simplemente llegaba, tomaba su lugar y esperaba pacientemente.
Sabíamos que al final de esa fila había algo que valía la pena.
Fue ahí donde una vez escuché a un conocido empresario antofagastino decir una frase que nunca olvidé:
—Aquí estamos, en la catedral, como todos los domingos.
Y tenía razón, porque estaba hablando de El Salitre.
Para muchos antofagastinos, la visita dominical a la fábrica de empanadas era casi un ritual familiar. Una tradición que se repetía semana tras semana y que terminaba acompañando asados, reuniones familiares, paseos a la playa, cumpleaños o simplemente un almuerzo de domingo.
Pero no eran unas empanadas cualquiera.
La masa era liviana, delgada y ligeramente crujiente. Tenía esa combinación perfecta entre suavidad y firmeza que permitía sostener el pino sin romperse ni transformarse en una masa pesada. Cada mordisco tenía una textura difícil de describir y aún más difícil de reproducir.
Recuerdo haber escuchado muchas veces a Bernardo explicar la receta con una humildad que siempre me sorprendió:
—Si sólo es harina, agua, manteca y una pizca de sal.
Lo decía como si fuera lo más simple del mundo.
Pero todos sabemos que una cosa es conocer los ingredientes y otra muy distinta es saber qué hacer con ellos. Porque el secreto nunca estuvo solamente en la receta.
Estaba en las personas.
El pino tenía un sabor que difícilmente volveremos a encontrar. Quienes tuvieron la suerte de probar una empanada del Salitre saben exactamente de qué hablo. Son de esas cosas que quedan grabadas en la memoria para siempre.
Supe de personas que las empacaban en contenedores de plumavit y las subían a los aviones como una maleta más para llevar empanadas de El Salitre a sus parientes en el extranjero. Sólo un sabor tan único produce ese tipo de reacciones y acciones.
Estoy convencida de que uno podría probar diez empanadas distintas con los ojos cerrados y reconocer la del Salitre inmediatamente.
Aunque, para ser justa, las de Stipe también tienen esa virtud.
Pero las del Salitre eran otra historia.
Quizás porque detrás de cada empanada había décadas de experiencia y un equipo humano que entendía perfectamente cuál era su función. Algunos preparaban los ingredientes, otros amasaban, otros armaban las empanadas, otros las horneaban y otros atendían a los clientes. Cada uno hacía su trabajo con una precisión silenciosa que sólo se consigue cuando existe respeto por el oficio.
Hoy muchas empresas hablan de trabajo en equipo.
Ellos simplemente lo hacían.
Y el resultado era extraordinario.
Por eso nunca entendí cómo podían realizarse concursos para elegir las mejores empanadas de la ciudad sin que las del Salitre estuvieran presentes. Año tras año veía desfilar panaderías, fábricas y pastelerías mientras yo pensaba exactamente lo mismo.
¿Cómo se puede evaluar la mejor empanada de Antofagasta sin tener una empanada del Salitre sobre la mesa?
Y eso pasó durante muchos años. Destacados chefs elegían la mejor empanada de la ciudad. Distintos locales llevaban sus productos para la gran competencia. Sin embargo, El Salitre jamás compartió ese entusiasmo. Su gente ya le entregaba un premio todos los domingos.
A veces imagino a los jueces preguntándose cada año:
—¿Están seguros de que estas son todas las empanadas de Antofagasta?
Durante más de seis décadas, El Salitre y su equipo hicieron felices a generaciones completas de antofagastinos. Acompañaron celebraciones familiares, conversaciones importantes, visitas inesperadas y miles de momentos que hoy forman parte de la memoria colectiva de nuestra ciudad.
Hoy es domingo.
Y me descubro extrañando esa fila, extraño la espera tranquila. Extraño los saludos, extraño ser atendida por Bernardo, extraño llegar a casa con un paquete tibio entre las manos, sabiendo que adentro venía algo que no existía en ninguna otra parte.
Porque hay productos que simplemente se venden y hay otros que terminan convirtiéndose en patrimonio emocional de una ciudad.
Para mí, las empanadas del Salitre pertenecen a esa categoría.
Y aunque el tiempo siga avanzando y ya comience a olvidar el sabor, la textura y la felicidad que generaba comer una empanada en familia, sigo pensando que quizás fueron el producto local más original que tuvo Antofagasta.
¡ Sí, la empanada del Salitre!
Y para quienes la conocimos, eso era mucho más que una empanada.