Tips de La Perla: Exponor, la promesa que siempre rompo

Cada dos años ocurre algo que transforma por completo a Antofagasta.
No importa cuánto tiempo lleves viviendo aquí. Cuando llega Exponor, la ciudad cambia de ritmo. Los hoteles se llenan, conseguir una mesa en un buen restaurante requiere una reserva hecha con semanas de anticipación y quien pregunte por una habitación durante esos días probablemente reciba una carcajada como respuesta.


He escuchado historias de casas arrendadas por cifras que parecen imposibles. Y lo más curioso es que todos terminamos aceptando esta locura como algo normal.

Yo he participado en Exponor desde 1995. Comencé a trabajar desde muy joven en las más diversas tareas del encuentro internacional de la minería y la industria.

Ahora último he estado presente, no como una gran ejecutiva ni como parte de una multinacional. Siempre desde la vereda de las pequeñas producciones, esas donde además de atender clientes, vender, coordinar reuniones y resolver imprevistos, también hay que cargar muebles, instalar gráficas, mover cajas y encontrar soluciones de último minuto.

Cada vez que termina una exposición me digo exactamente lo mismo:
"Esta sí que es mi última Exponor."
Y cada vez termino volviendo.
Porque hay algo especial en esos cuatro días.


Las reuniones que funcionan. Los negocios que nacen. Los clientes que aparecen donde menos lo esperabas. Las conversaciones que terminan convirtiéndose en alianzas para los próximos años.
Cuando todo sale bien y sientes que el esfuerzo valió la pena, aparece una idea maravillosa:
"Esto merece celebrarse con un traguito en un buen bar."

La teoría es perfecta. La práctica no tanto.
Porque antes de cualquier celebración hay que desmontar el stand.
Hay que sacar muebles, recoger adornos, cargar cajas, desarmar estructuras y decidir qué alcanza a volver a la ciudad y qué tendrá que quedarse para el día siguiente.
Y cuando por fin logras salir del recinto comienza el verdadero desafío.
El taco.

Quienes conocen Exponor saben que los tacos son parte de la experiencia.
Si llegas después de las nueve de la mañana, probablemente ya encontrarás una fila importante de vehículos intentando ingresar. Yo aprendí hace años que la mejor estrategia es salir temprano de casa y llegar antes del inicio de la jornada.

El segundo gran taco ocurre entre las cuatro y las cinco de la tarde.
Camionetas rojas, buses de pasajeros, proveedores, visitantes y vehículos particulares avanzan lentamente por la carretera mientras todos intentan volver a la ciudad a tiempo para una reunión, una cena o una reserva que costó semanas conseguir.
Pero nada se compara con el último día. Ese día la paciencia se pone a prueba.
No es raro pasar tres horas intentando recorrer los veinticinco kilómetros que separan Exponor de la ciudad.

Las expositoras afuerinas más experimentadas ya conocen el secreto. Llegan a la feria con sus maletas listas.
¿La razón?
El aeropuerto está a pocos minutos del recinto y, lo más importante, en dirección opuesta a Antofagasta.
Mientras miles de personas avanzan lentamente hacia la ciudad, ellas toman rumbo al terminal aéreo y se ahorran parte del caos.
Aunque, siendo justos, en el aeropuerto también se vive otra batalla.

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Mi consejo después de tantos años es simple.
Planifica.
Llega temprano.

A las diez de la mañana, cuando se abren las puertas, ya deberías estar lista para el combate.
Organiza tus reuniones.
Define tus visitas.
Aprovecha cada minuto.
Y si eres de esas personas capaces de postergar el almuerzo sin perder la sonrisa, probablemente sacarás aún más provecho a la jornada.

Con un poco de suerte podrás retirarte cerca de las tres de la tarde y descubrir algo maravilloso:
Una carretera completamente despejada.
Respecto al último día, todavía no tengo una solución.
Pero si algún día la encuentro, prometo compartirla.
Aunque probablemente sea durante mi última Exponor.
La misma última Exponor que llevo prometiendo desde hace treinta años.

Con cariño:
La Perla.

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