Esta sí es una hamburguesa
Para el Día de la Hamburguesa invité a mi abuelita a probar un Whopper. Pensé que sería una buena excusa para pasar un rato juntas y, de paso, conocer su opinión sobre una de las hamburguesas más famosas del mundo.
Pedimos un combo. Yo elegí lo habitual y ella, muy segura de sí misma, pidió agrandar las papas y una Crush. Eso sí, con azúcar. Hay batallas que una mujer de más de 80 años simplemente no está dispuesta a perder.
Conversamos de muchas cosas. De la familia, de personas que ya no están, de otras que siguen dando trabajo y de esas historias que una ha escuchado cien veces, pero que igual disfruta escuchar una vez más.
Lo curioso fue que nunca comentó la hamburguesa.
Ni una palabra.
Ni que estaba rica, ni que estaba mala, ni que le faltaba algo.
Nada.
A los pocos días me llamó por videollamada de WhatsApp. Yo le había enseñado a usar la aplicación hace algún tiempo y verla aparecer en la pantalla fue una alegría enorme.
Pero después entendí que la llamada tenía otro propósito.
—Tienes que venir a almorzar a la casa —me dijo.
Y a mi abuelita es imposible decirle que no.
Así que ahí fui.
Llegué unos quince minutos tarde. Nada grave según los estándares modernos, pero suficiente para que ella me recibiera con esa mirada que toda abuelita tiene reservada para quienes no llegan a la hora.
Me senté a la mesa y desapareció rumbo a la cocina.
Cuando regresó venía con dos platos.
Y ahí entendí que algo se estaba tramando.
Sobre la mesa aparecieron dos marraquetas enormes. Dentro llevaban lechuga fresca, tomate y una mayonesa casera hecha con yema y tenedor, de esas que ninguna fábrica ha logrado imitar jamás.
Y en el centro venía una hamburguesa gigantesca.
Pero gigantesca de verdad.
Tenía trozos de cebolla y pimentón tan grandes que parecían haber sido cortados sin ninguna intención de pasar desapercibidos.
Al lado había una montaña de papas fritas gruesas. Fácilmente tres o cuatro veces más anchas que las del Whopper.
Como toque final, instaló una botella de kétchup al centro de la mesa.
"Ya que tanto te gusta esta comida" me dijo.
Luego se sentó frente a mí, me observó unos segundos y lanzó la frase que, sospecho, llevaba días preparando.
"Esta sí es una hamburguesa"
Y sonrió para el lado.
Esa sonrisa.
La sonrisa de quien sabe perfectamente que está ganando una discusión que nunca se declaró oficialmente.
Miré el plato y pensé que quizás podría guardar la mitad para la tarde.
Después miré a mi abuelita.
No.
Claramente esa no era una opción.
Comencé por las papas fritas.
Tomé una, le agregué un poco de kétchup y la probé.
Madre santa.
Doradas por fuera, crujientes por fuera y suaves por dentro. Era como si alguien hubiera tomado un puré perfecto y le hubiera construido una armadura crocante.
Aquello ya era una maravilla.
Y después vino la hamburguesa.
A simple vista esos enormes trozos de cebolla y pimentón parecían excesivos. Pero al primer mordisco todo tuvo sentido.
La carne, la mayonesa casera, el pan todavía tibio, las verduras y esos pedazos generosos que yo inicialmente había juzgado con cierta desconfianza.
Qué equivocada estaba.
Conversamos mientras almorzábamos, comentamos las noticias, nos reímos de algunas cosas y disfrutamos cada bocado.
Cuando terminamos nos sentamos a ver televisión.
Y aquí viene la parte menos profesional de esta historia.
Estaba tan cómoda, tan contenta y tan bien alimentada que me quedé profundamente dormida en el sofá.
Sí.
Perdí una tarde completa de trabajo.
Pero gané algo mucho más valioso.
Un recuerdo.
Desde entonces, cada vez que alguien me invita a probar una versión casera de algún plato de comida rápida, no lo pienso dos veces.
Porque descubrí que muchas veces no estamos comparando hamburguesas.
Estamos comparando cariño.
Y mientras escribo esta nota, vuelvo a pensar en aquella marraqueta enorme, en los pimentones gigantes, en la mayonesa hecha a mano y en esa sonrisa victoriosa de mi abuelita.
Y debo admitirlo.
Tenía toda la razón.
Esa sí era una hamburguesa.