Tips de La Perla: Por qué el mejor restaurante estaba vacío
Los mejores lugares están vacíos, mientras otros, que apenas alcanzan un nivel aceptable, tienen filas interminables y reservas hechas con semanas de anticipación.
Hace unos días llevé a unos clientes a almorzar a mi restaurante favorito de Antofagasta: Risso de Otto.
Si alguna vez han probado uno de sus risottos, entenderán de inmediato por qué me gusta tanto. La textura perfecta, ingredientes de primera calidad y una cocina que no necesita adornos para demostrar lo buena que es. Uno de mis favoritos es el de pollo con pimentón. Parece una combinación sencilla, pero es una verdadera maravilla.
Mis clientes apenas entraron entendieron que no los había llevado a cualquier parte.
—Esto es una picada —dijo uno de ellos.
Y tenían razón.
Era de esos lugares que uno comparte sólo con las personas que aprecia. Tal vez porque siempre me he jactado de tener buen gusto y ellos ya conocen esa fama.
Pedí un risotto de carne y tocino. Uno de mis invitados eligió el de pollo con pimentón y el otro uno de frutos del mar.
Los tres estaban espectaculares.
El servicio fue impecable. Incluso la recomendación del vino para acompañar tres platos tan distintos fue perfecta. Sin embargo, durante todo el almuerzo hubo un comentario que se repetía una y otra vez.
—¿Cómo puede estar tan vacío?
La noche anterior ellos habían cenado en uno de esos restaurantes de moda de la ciudad. Habían tenido que reservar con dos semanas de anticipación para conseguir mesa. La comida era correcta, nada más. Muy cara, bastante pretenciosa y, sinceramente, ni siquiera cerca de la experiencia que estábamos viviendo en ese momento.
Terminamos el almuerzo.
Cerré todos los acuerdos que había ido a buscar, celebré una buena jornada de trabajo y me fui satisfecha. Pero había algo que no lograba sacar de mi cabeza:
¿Por qué Risso de Otto estaba tan vacío?
Al día siguiente regresé. Esta vez fui sola.
Le pedí al garzón si podía hablar con el dueño.
Descubrí algo de inmediato.
Otto no era Otto.
Era José.
Un hombre de mediana edad, tremendamente amable, educado y simpático. De esos que a los diez minutos ya te están contando historias de la vida y haciendo que te sientas como una vieja amiga.
Conversamos sobre cocina, vinos, clientes y los maravillosos platos que servía. También descubrí que era el jefe de cocina y que gran parte de lo que llegaba a la mesa salía directamente de sus manos.
Entonces le hice la pregunta:
—¿No le preocupa que el restaurante esté tan vacío?
José sonrió.
Me respondió que no necesitaba ganar dinero con el restaurante. Eso ya lo había hecho durante años trabajando para una minera y realizando algunas inversiones que le habían resultado muy bien.
—Con que alcance para pagar los sueldos de mi gente y a los proveedores, estoy tranquilo —me dijo.
Como alguna vez trabajé en una cocina, sé perfectamente lo duro y agotador que puede ser ese oficio.
Por eso insistí.
—¿Y entonces por qué tanto esfuerzo?
Se quedó pensando unos segundos.
Luego me dijo algo que todavía recuerdo.
—No soy bueno pintando. Con suerte toco un poco la guitarra y estoy lejos de ser un rockstar. Pero nadie hace los risottos como yo.
Después se rio.
—Y algún día tienes que probar los ravioles.
Me contó que disfrutaba cocinar, que era feliz haciéndolo y que, por si no lo sabía, cerraban todos los días a las cinco de la tarde.
En ese momento entendí algo.
Yo había llegado sintiendo lástima por un restaurante vacío.
Salí sintiendo envidia.
De la buena y de la mala también, para qué voy a mentir.
Porque mientras muchos vivimos corriendo detrás de metas, clientes, reuniones y cuentas por pagar, José ya había encontrado algo mucho más difícil.
Había encontrado su lugar.
Y quizás por eso el restaurante estaba tan tranquilo.
Porque no todos los proyectos nacen para conquistar el mundo.
Algunos nacen simplemente para hacer feliz a quien los creó.
Desde entonces pienso que los restaurantes se parecen mucho a las personas.
Los más ruidosos no siempre son los mejores.
Y muchas veces, mientras más solos están, rodeados sólo de quienes realmente los valoran, más auténticos resultan ser y mejores personas son.