La noche en que casi aprendí a tocar guitarra

Hace unos días mi amiga Luz Clarita me invitó a conocer su "pequeño campo". Lo pongo entre comillas porque después descubrí que para ella un pequeño campo son 10 hectáreas ubicadas entre Alto del Carmen y San Félix, al interior de Vallenar era un "pequeño". Apenas me lo dijo acepté. Hacía tiempo tenía ganas de hacer un viaje manejando sola. Me gusta esa sensación de libertad que da la carretera cuando no existe la presión de llegar rápido, sino simplemente de disfrutar el camino.

La única parte que nunca disfruto es el tramo entre Antofagasta y Chañaral. Cada vez que lo recorro termino pensando lo mismo. Son casi cuatro horas de carretera simple, camiones, adelantamientos eternos y una sensación permanente de que cualquier error puede terminar muy mal. Es una deuda enorme que sigue teniendo nuestro país con Antofagasta. Han pasado más de cinco décadas y seguimos esperando una ruta que esté a la altura de la importancia que tiene nuestra región.

Así que ese día decidí cambiar un poco la historia. Cuando apareció el desvío hacia Paposo pensé: "¿Y por qué no?". Doblé sin darle demasiadas vueltas y fue una de las mejores decisiones del viaje. La carretera comienza a internarse entre cerros y, de pronto, uno se encuentra descendiendo por un valle precioso que forma parte de la Reserva Natural de Paposo. Es de esos lugares donde inmediatamente uno piensa: aquí tengo que volver, pero con tiempo y con zapatillas de trekking.

Seguí hasta Paposo, disfruté un rato las playas y continué rumbo a Taltal. Ya era hora de almorzar, así que hice exactamente lo que jamás recomiendan las aplicaciones de turismo. Entré al primer restaurante que encontré. Sin Tripadvisor, sin Google, sin recomendaciones. Abrí la carta, vi "Lenguado a la mantequilla con ensalada" y no necesité nada más. Almorcé tranquila, descansé unos minutos y retomé el viaje.

Pero ya me había dado cuenta de que ese no sería un viaje para andar apurada. Iba subiendo la cuesta de Taltal cuando apareció un letrero que decía "Cifuncho". Pensé que cualquier cosa era mejor que volver inmediatamente a la carretera, así que doblé. Recorrí un rato la playa, disfruté el paisaje y regresé al camino. Apenas retomé la ruta apareció otro letrero: "Las Cenizas". Otra vez pensé: "¿Qué más da? Si Google Maps dice que esto vuelve a salir a la carretera, habrá que creerle". Y efectivamente así fue.

Cifuncho
Cifuncho

Un poco más adelante apareció otro desvío que decía "Parque Nacional Pan de Azúcar". Ya a esa altura estaba completamente entregada al viaje. Entré sin pensarlo. Qué lugar más hermoso. Las formaciones rocosas parecen esculturas gigantes hechas por la naturaleza y después el paisaje cambia completamente cuando aparece el mar, las playas y esa tranquilidad que cuesta tanto encontrar. Un guardaparques incluso me invitó a quedarme un rato, usar los quinchos o simplemente sentarme frente al océano. Me dieron muchas ganas, pero Luz Clarita seguía esperándome.

Cuando finalmente llegué a Chañaral apareció la doble vía. No pude evitar sentir un poco de envidia. Manejar cambia completamente cuando existe una carretera segura. Otra vez pensé en Antofagasta y en esa deuda que seguimos acumulando año tras año.

Después de casi ocho horas manejando, pasando por Copiapó y Vallenar, finalmente llegué al campo. Luz Clarita me esperaba usando una enorme chupalla y con una copa de pajarete en la mano. Para quienes nunca lo han probado, el pajarete es un vino dulce típico del Valle del Huasco que entra con demasiada facilidad. Brindamos, intentamos hacer un asado —digo intentamos porque entre las ensaladas, las conversaciones, el pajarete y un par de Ramazzotti cocinar pasó claramente a segundo plano— y, antes de que anocheciera, salimos a recorrer el campo.

Alto del Carmen
Alto del Carmen

Fue entonces cuando llegamos a una antigua bodega. Al costado había una enorme higuera que regalaba una sombra maravillosa y, debajo de ella, una vieja banca de madera. Nos sentamos un rato a conversar y como ese día era 23 de junio le dije, casi riéndome, que a las 12.00 de la noche volvería con una guitarra. Las dos conocíamos perfectamente la leyenda de la Noche de San Juan, esa que dice que a medianoche aparece el Señor de la Noche —ese no… el de verdad— y le enseña a tocar guitarra a quien tenga el valor suficiente para esperarlo.

Entre risa y risa comenzamos a recordar otras tradiciones. La de las tres papas bajo la cama, por ejemplo. Había que dejar una completamente pelada, otra a medio pelar y una tercera con toda su cáscara. A la mañana siguiente uno debía sacar una sin mirar y, dependiendo de cuál apareciera, así sería la abundancia del año que venía. También recordamos esa antigua costumbre de mirarse en un espejo iluminado sólo por una vela para intentar descubrir el rostro del futuro marido. Nunca supe quién inventó todas esas historias, pero cuando uno era niña las vivía con una seriedad absoluta. De todas ellas, sin embargo, la más temeraria seguía siendo la de la guitarra.

En medio de la conversación, Luz Clarita me miró y me dijo que yo jamás sería capaz de volver sola a la bodega cinco minutos antes de la medianoche para sentarme con una guitarra. No sé si fue el pajarete, el Ramazzotti o simplemente el orgullo, pero respondí inmediatamente que claro que podía. Lo que yo esperaba era que ella se riera y me dijera que no hacía falta demostrar nada. En cambio, se levantó, entró a la casa y volvió con una preciosa guitarra entre las manos. Ahí comprendí que mi valentía acababa de convertirse en un compromiso.

A las once cincuenta me pasó la guitarra, una vela y me advirtió que el celular no valía. No les voy a mentir. Yo iba aterrada. Los primeros metros todavía estaban iluminados por la casa a mis espaldas y eso me hacía sentir relativamente tranquila, pero bastó doblar por el sendero para que desapareciera toda la luz. De pronto sólo quedábamos la vela, la guitarra y yo. Mientras caminaba trataba de convencerme de que todo aquello era una tontera, aunque mi corazón tenía una opinión completamente distinta.

Llegué a la banca, me senté y esperé. Como imaginaba que Luz Clarita debía estar escondida grabándome para reírse después, seguí haciendo el papel de mujer valiente. Miré el reloj. Eran exactamente las doce. En mi cabeza incluso comenzaron a sonar las campanadas de un viejo reloj que probablemente sólo existía en mi imaginación. Para hacer más convincente la escena pasé suavemente la mano sobre las cuerdas de la guitarra. Sonó precioso. Y justo después escuché un largo “Shhhhhhhh...".

Sentí que el corazón se me detenía. Pensé que había sido el viento o mi imaginación. Respiré profundo y volví a rozar las cuerdas. Esta vez el sonido fue todavía más claro.

—Shhhhhhhh…

No esperé una tercera oportunidad. Salí arrancando. Dejé la guitarra, la vela y creo que también parte de mi dignidad abandonadas junto a la banca. Llegué donde Luz Clarita casi sin aire y le conté, completamente convencida, que había escuchado algo.

Ella también comenzó a asustarse, hasta que de pronto me preguntó dónde había quedado la guitarra. La miré con una cara que sólo podía significar "¿En serio eso te preocupa ahora?". Entonces casi gritó.

—¡Es una Takamine! Vale cerca de cuatro millones de pesos. Es de mi primo. No la podemos dejar allá.

No quedó otra alternativa. Cinco minutos después las dos caminábamos abrazadas, esta vez armadas con una linterna tan potente que convertía la noche en pleno día. Llegamos a la bodega y todo seguía exactamente igual. La guitarra estaba apoyada donde yo la había dejado. Luz Clarita la tomó, pero al levantarla rozó un par de cuerdas. La guitarra volvió a sonar y, de inmediato, escuchamos otra vez el mismo "Shhhhhhhh...".

Las dos gritamos exactamente al mismo tiempo.

Ella giró lentamente la linterna hacia el lugar desde donde provenía el ruido y ahí estaba la responsable de toda nuestra tragedia: una enorme lechuza blanca, con unos ojos gigantescos y una expresión bastante poco amistosa, que seguramente estaba mucho más molesta con nosotras que nosotras con ella.

Corrimos nuevamente hasta la casa, aunque esta vez riéndonos a carcajadas.

Al día siguiente entendí que el miedo tiene una habilidad extraordinaria. Nunca se conforma con la realidad. Siempre necesita inventar una historia mucho más grande. Toma un ruido cualquiera y lo convierte en un fantasma; una sombra en un monstruo y una pobre lechuza que sólo quería pasar tranquila la Noche de San Juan con el mismísimo Señor de la Noche.

Desde entonces desconfío un poco más de mis propios miedos, porque casi siempre descubro que aquello que más me asusta no está frente a mí. Está dentro de mi cabeza.

Y, por favor, que nadie venga a decirme que tuvo un mejor 24 de junio que el mío.